La Fe no es una herramienta para manipular a Dios; La Fe es nuestra respuesta para AGRADAR a Dios.
Imagina que Dios es un Padre amoroso, sentado en un gran sillón. Y tú, su hijo, te acercas con una lista de demandas: «Papá, quiero una bicicleta nueva. Papá, quiero que dejes de hacer llover. Papá, quiero helado para cenar». Y crees que si lo pides con la suficiente convicción, si realmente «crees» que te lo dará, Él está obligado a hacerlo. ¿Cómo crees que se sentiría ese Padre? Probablemente un poco triste. Porque te estás enfocando tanto en los regalos que te estás perdiendo al Dador.
A veces, sin darnos cuenta, tratamos la fe de esa manera. La vemos como una especie de palanca mágica. Si tenemos «suficiente fe», podemos mover la mano de Dios. Si «declaramos» algo con la suficiente fuerza, Dios está obligado a dárnoslo. Convertimos a Dios en un genio cósmico y a la fe en nuestra lámpara mágica.
Pero, amigo mío, esa no es la fe de la que habla la Biblia. Esa es una receta para la frustración. Porque, ¿qué pasa cuando oras por sanidad y no llega? ¿O cuando pides un trabajo y no lo consigues? La conclusión es dolorosa: «Debo haber hecho algo mal. Mi fe no fue lo suficientemente fuerte». Y la culpa nos aplasta.
La fe bíblica es algo mucho más hermoso y liberador. No es una herramienta para conseguir lo que queremos. Es nuestra respuesta de amor y confianza a un Dios que sabe lo que es mejor para nosotros, incluso cuando no lo entendemos.
La Biblia dice que «sin fe es imposible agradar a Dios». Fíjate bien. Dice «imposible agradarle». ¿Y qué es lo que más agrada al corazón de un Padre? No es la lista de deseos de su hijo. Es cuando su hijo, en medio de la noche, simplemente se acurruca a su lado y le dice: «Papá, estoy aquí contigo. Confío en ti».
Eso es la fe. Es decirle a Dios:
«Señor, no entiendo por qué estoy pasando por esto, pero confío en que eres bueno».
«Señor, me duele, pero confío en que estás conmigo».
«Señor, mis planes se han derrumbado, pero confío en que los tuyos son mejores».
Esa es la fe que hace sonreír a Dios. La fe de tres jóvenes hebreos que, frente a un horno ardiente, dijeron: «Nuestro Dios puede salvarnos… pero aunque no lo haga, no nos arrodillaremos ante nadie más». ¡Guau! Su fe no dependía del resultado. Dependía del carácter de Dios. No estaban tratando de manipular a Dios para que los salvara; estaban decididos a honrarlo, pasara lo que pasara.
Esta clase de fe nos libera de la presión de tener que «actuar». Nos permite descansar. Nos mueve de una relación de negocios con Dios («yo hago esto, Tú me das aquello») a una historia de amor con Él («pase lo que pase, soy tuyo y Tú eres mío»).
Así que, deja la palanca mágica. No la necesitas. Acércate a tu Padre. No con una lista de demandas, sino con un corazón confiado. Siéntate a Su lado y simplemente dile: «Papá, confío en ti». Esa es la oración más poderosa que jamás podrás hacer. Y es la que más deleita Su corazón.
Hebreos 11:6 (NVI)
“En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan.”
Si este mensaje ha hablado a tu vida, ¡compártelo con alguien que también lo necesite! Puedes hacerlo por correo o a través de tus redes sociales. Además, te invito a suscribirte a este blog para que recibas una notificación cada vez que se publique un nuevo mensaje.
Descubre más desde Dios es Sin igual
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.