Durante el tiempo de oración no debemos buscar la emoción sino la transformación.

Imagina que vas al médico porque te sientes débil y sin energía. Tienes dos opciones de tratamiento.

El Dr. Emoción te ofrece una inyección de adrenalina pura. «Te sentirás increíble al instante», te promete. Y es verdad. Sales de su consulta sintiéndote eufórico, lleno de energía, como si pudieras conquistar el mundo. Pero un par de horas después, el efecto desaparece y te sientes aún más débil que antes. La inyección no curó el problema de fondo, solo enmascaró los síntomas con una sensación temporal.

El Dr. Transformación, en cambio, te receta un tratamiento a largo plazo. Vitaminas, una dieta saludable, ejercicio. «No te sentirás diferente de la noche a la mañana», te advierte. «Pero si eres constante, tu cuerpo se fortalecerá desde adentro hacia afuera. El cambio será lento, pero será real y duradero».

Muchos de nosotros nos acercamos a la oración como si fuéramos pacientes del Dr. Emoción. Buscamos una «inyección» espiritual. Queremos sentir un escalofrío, llorar, tener una experiencia emocional intensa. Y si salimos de nuestro tiempo de oración sin haber «sentido» algo, pensamos que ha sido un fracaso.

Las emociones en la oración son un regalo, no el objetivo. Son como el postre, no el plato principal. Si las buscamos como el fin principal, nos volveremos adictos a las «inyecciones» emocionales y nuestra fe se volverá superficial.

El verdadero propósito de la oración es el tratamiento del Dr. Transformación. Es el proceso lento, constante y a veces nada emocionante de alinear nuestro corazón con el de Dios. Es presentarle nuestras debilidades, no para un arreglo rápido, sino para una sanidad profunda. Es escuchar Su Palabra, aunque no nos dé un subidón de adrenalina, sabiendo que es la vitamina que nuestra alma necesita.

La transformación es lo que sucede cuando:

  • Entras a la oración lleno de ansiedad y sales, quizás sin una solución inmediata, pero con una paz inexplicable.
  • Entras con amargura hacia alguien y sales con la capacidad de perdonar.
  • Entras con tus prioridades desordenadas y sales con una nueva claridad sobre lo que realmente importa.

No midas el éxito de tu tiempo de oración por la intensidad de tus emociones. Mídelo por el fruto de la transformación en tu carácter. Busca el cambio duradero, no la sensación pasajera. Porque Dios está mucho más interesado en tu salud a largo plazo que en tus subidones temporales.

Romanos 12:2 (NVI) “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.”


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