¿Alguna vez te has sentido a la deriva? Como un barco sin timón en un mar inmenso y sin estrellas. La vida puede ser así, ¿verdad? Un momento estamos en aguas tranquilas, y al siguiente, una tormenta nos sorprende. En esos instantes, buscamos algo a lo que aferrarnos, una brújula que nos señale el camino.
El último año ha sido, por mucho, el más difícil de mi vida. Hubo momentos en los que me sentí completamente perdido, un náufrago en mi propia mente y corazón. En medio de la tormenta, incluso creo que llegué a olvidar mi identidad en Cristo. ¿Quién era yo? ¿Qué lugar tenía en este mundo?
Pero por su inmensa misericordia, Dios nunca me dejó solo. Siempre puso a alguien a mi lado, un amigo, un líder, alguien que me recordaba la verdad sobre quién soy en Él. Eran como faros en la oscuridad, guiándome de vuelta a la orilla.
Hace un par de semanas, en mi tiempo a solas con Dios, me encontré diciendo una oración que brotó desde lo más profundo de mi ser. Fue como si mi alma, cansada y sedienta, finalmente encontrara las palabras que necesitaba. Oré: “Señor, que tu Presencia me llene, que tu Palabra me defina y que tu Santo Espíritu me guíe”.
La impresión de la presencia de Dios fue tan fuerte en ese momento que la escribí en un post-it y la pegué en mi pared. Sin darme cuenta, estaba describiendo el viaje de sanidad espiritual en el que Dios me ha estado llevando. Estaba orando para que esa jornada continúe por el resto de mis días.
Y hoy, quiero compartir esta oración contigo, porque tal vez tú también te sientas a la deriva en tu propia tormenta. Permíteme sugerirte una brújula divina, una que no falla ni en la oscuridad más profunda. Que la presencia de Dios te llene.
No se trata solo de un sentimiento, sino de una realidad. El Salmo 16:11 nos recuerda: «Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.» ¡Plenitud de gozo! No un gozo pasajero, sino una alegría que viene de saber que el Creador del universo está contigo, en tu sala, en tu auto, en tu corazón. Su presencia es el ancla que nos sostiene cuando las olas de la duda y el miedo amenazan con hundirnos.
Pero una brújula necesita un mapa, un plan de navegación. Para nosotros, ese mapa es la Palabra de Dios. Así que, el segundo punto de nuestra brújula es: que su Palabra te defina.
El mundo nos grita quiénes debemos ser. Nos dice que nuestro valor está en nuestra cuenta bancaria, en nuestra apariencia, en lo que logramos. Pero Dios nos define de una manera completamente diferente. Nos llama hijos amados, creados a su imagen (Génesis 1:27). El Salmo 119:105 dice: «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.» Es la luz que ilumina los pasos inciertos, revelando la verdad sobre quiénes somos en Él. Su palabra es el manual de instrucciones para vivir una vida con propósito, una vida que no es definida por las opiniones de otros, sino por el amor inquebrantable de nuestro Padre.
Y, por último, ¿quién nos ayuda a leer el mapa y a seguir la brújula? El Espíritu Santo. La tercera parte de esta oración es: que su Santo Espíritu te guíe siempre.
Jesús mismo prometió el Espíritu Santo a sus seguidores, un Consolador, un Consejero (Juan 14:26). Es el susurro en el corazón, la suave convicción que nos aleja del peligro y nos acerca a la voluntad de Dios. No se trata de una voz estruendosa, sino de una guía gentil y constante, un GPS espiritual que nos recalcula el camino cuando nos desviamos. Él es quien nos da la fuerza para amar a los demás, para perdonar, para ser pacientes.
Hoy te invito a hacer esta oración conmigo, para que te animes en tu propia jornada. No estás solo. El Creador del universo está anclando tu alma, definiendo tu valor y guiando cada uno de tus pasos.
Digamos juntos esta oración:
Señor, que tu Presencia me llene, que tu Palabra me defina y que tu Santo Espíritu me guíe; en el nombre de Jesús. Amén.
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