Imagina que eres un alpinista. Tu sueño es conquistar el Everest. Entrenas durante años, inviertes una fortuna en equipo y finalmente, comienzas el ascenso. Es brutal. El aire es escaso, el frío es insoportable. Para aligerar la carga, tomas una decisión: dejas atrás tu tanque de oxígeno. «Es demasiado pesado», piensas. «Me está ralentizando. Lo recuperaré más tarde». Con un esfuerzo sobrehumano, llegas a la cima. ¡Lo lograste! Pero estás tan débil, tan sin aliento, que no puedes ni disfrutar de la vista. Y el descenso se vuelve casi imposible.
Suena tonto, ¿verdad? Nadie haría eso.
Pero lo hacemos. Lo hacemos todo el tiempo en nuestra vida espiritual.
Tenemos grandes sueños para Dios. Queremos construir una iglesia más grande, escribir un libro que cambie vidas, liderar un movimiento de avivamiento. Metas nobles. Metas que parecen el Everest. Y en nuestro afán por llegar a la cima, empezamos a aligerar la carga. ¿Y qué es lo primero que se va? El «tanque de oxígeno» de nuestra alma: nuestro tiempo a solas con Dios.
Nos decimos mentiras piadosas. «Es solo por esta temporada». «Dios entiende que estoy ocupado para Él». «Una vez que alcance esta meta, tendré todo el tiempo del mundo para orar». Y así, cambiamos la comunión por la construcción, la relación por los resultados.
El problema es que el ministerio sin comunión es como un alpinismo sin oxígeno. Puedes seguir subiendo por un tiempo, a base de pura adrenalina y fuerza de voluntad. Puede que incluso llegues a la cima. Puede que construyas el edificio, publiques el libro o llenes el estadio. El mundo te aplaudirá. Pero por dentro, te estarás asfixiando. Tu alma estará vacía.
Y lo que es peor, habrás olvidado por qué empezaste a escalar en primer lugar. No era por la vista desde la cima. Era por Aquel que te llamó a la montaña.
Dios está mucho más interesado en la condición del escalador que en la conquista de la montaña. ¿De qué le sirve a Él que llegues a la cima si tu corazón está congelado? ¿De qué sirve un sermón brillante si no has escuchado Su voz? ¿De qué sirve una canción perfectamente ejecutada si tu espíritu está en silencio?
Cualquier «victoria» ministerial que te cueste tu intimidad con Cristo es, en realidad, una derrota devastadora. Es cambiar tu primogenitura por un plato de lentejas. Un plato que puede parecer delicioso y llenador en el momento, pero que te deja espiritualmente hambriento.
Ningún logro Ministerial vale tanto como para sacrificar tu tiempo con Dios con tal de obtenerlo.
Así que, amigo escalador, cuida tu tanque de oxígeno. Protégelo. Haz de tu tiempo con Dios la parte no negociable de tu expedición. No es un peso extra; es tu línea de vida. Porque el verdadero éxito no es plantar tu bandera en la cima del mundo, sino caminar mano a mano con el Creador de las montañas, a cada paso del camino.
Juan 15:5 (NVI)
“Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada.”
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