Si estás tan ocupado que no te queda tiempo para simplemente estar con Dios, estás más ocupado de lo que Él quiere.
¿Has visto alguna vez a un niño pequeño tratando de «ayudar» a su papá a arreglar algo? El papá está concentrado, con sus herramientas, y el niño corretea a su alrededor, pasándole el martillo equivocado, pisando los tornillos… El niño está muy, muy «ocupado». Pero, ¿qué crees que preferiría el papá? ¿Esa «ayuda» tierna pero caótica, o que el niño se siente en sus rodillas, lo abrace y le cuente cómo le fue en el día?
A veces, tratamos a Dios como ese papá. Creemos que Él nos necesita corriendo por todas partes, ocupados en «Su obra». Llenamos nuestras agendas con reuniones, comités y proyectos. Nos sentimos importantes. Productivos. Pero nuestra agenda está tan llena que la única vez que hablamos con el Jefe es para pedirle más fuerzas para seguir corriendo.
Y mientras tanto, el Padre celestial nos mira con una sonrisa tierna y piensa: «Hijo mío, hija mía… te extraño. ¿Podemos simplemente hablar un rato?».
El diablo es muy astuto. Sabe que si puede mantenernos ocupados, incluso con cosas buenas, puede mantenernos alejados de la única cosa que realmente nos da poder: la presencia de Dios. Es la estrategia de «muerte por mil actividades». Y funciona. ¿Cómo te sientes últimamente? ¿Un poco irritable? ¿Sientes que el gozo de servir se ha escapado por la ventana? ¿Tus oraciones se sienten como si estuvieras dejando un mensaje en un buzón de voz? Esas son las luces de advertencia en el tablero de tu alma.
Jesús, el hombre más ocupado que jamás haya caminado sobre la tierra, tenía un secreto. Constantemente se escapaba. Las multitudes lo buscaban, los enfermos lo necesitaban, los discípulos lo requerían… pero Él se iba a un lugar solitario para hablar con su Papá. No lo hacía para recargar sus «baterías ministeriales». Lo hacía porque amaba a su Padre. Su servicio no era la fuente de su energía; era el resultado de su relación.
Dios nunca te pedirá que te agotes. Él dijo: «Mi yugo es fácil y mi carga es ligera». Si tu vida cristiana se siente como si estuvieras arrastrando un piano por una colina, hay una buena posibilidad de que no sea el piano de Dios. Es el nuestro, el que hemos construido con todos nuestros «debería» y «tengo que».
Tal vez es hora de hacer una pausa. De tomar esa agenda tan llena, sentarse con Dios y preguntarle: «Papá, ¿qué de todo esto realmente quieres que haga? ¿Y qué cosas estoy haciendo solo para sentirme importante?». Te sorprenderá lo bueno que es Él con las tijeras. Podría cortar algunas cosas que te dan miedo soltar, pero al hacerlo, te devolverá algo invaluable: tiempo. Tiempo para simplemente estar con Él. Y en ese tiempo, encontrarás más fuerza, alegría y propósito que en toda una vida de ajetreo sin sentido.
Marcos 1:35 (NVI)
“Muy de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó, salió de la casa y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar.”
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